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martes, 5 de abril de 2011

Iswe Letu: Burla a la estirpe real


han flagelado los contornos de la tierra a cohetazos envejeciéndola ajándola en el hálito y en el hábito y los afanes del silencio 

y quieren tapar los alaridos que producen en las gentes de baja condición los banqueros ufanos silvando en sus llaves 

y que es una burla a la estirpe real de las almendras de esperanza no se discute ahora cuando ese gesto es como un escupitajo

y esos banqueros que se pintan en la frente la cifra de dios para que los vientos no tengan espadas son burla para la mayoría

y esos banqueros se evaden como grupa de gacela desatenta cuando las condiciones maravillosas se hacen muerte de nada

y los príncipes ¡ah ellos! pagados en moneda de peces ni gritan ni lloran ni se aunan con la penuria de vivir pasando como una tempestad

jueves, 4 de marzo de 2010

José Mª Amigo Zamorano: El cepillo de dientes

1. El Atadijo

Era la primera vez que tomaba posesión de una escuela, después de haber aprobado las oposiciones brillantemente.

A pesar de haber preparado, concienzudamente, la maleta, se le había olvidado el cepillo de dientes. Había mirado y remirado entre las prendas que se apilaban encima de la cama; había hurgado en los bolsillos; y nada, no aparecía el cepillo.

Y este hecho, aparentemente anodino, le había producido un malestar del que no podía liberarse fácilmente a pesar de los esfuerzos que hacía; no era por el cepillo en si, que también, sino porque no encontraba explicación a su descuido.

Recordaba haber cogido el lápiz y escrito, uno por uno, todos los utensilios que necesitaba para vivir en ese pueblo; recordaba igualmente el cuaderno; lo recordaba porque había dudado entre comprarse uno nuevo o hacerlo en el que, desde que estudiara el bachillerato, siendo una joven pipiola, había destinado para volcar sus inquietudes; y que finalmente se decidió por esa especie de diario que guardaba, celosamente, y que, de vez en cuando, palpaba y hojeaba con cariño. Y es que allí recogió los sentimientos que le embargaron al morir su padre; y que mas natural sería que guardara recuerdos también de este acontecimiento -como los guardó de aquel- que, con el paso tiempo, iba a ser decisivo en su vida -qué duda cabe- hasta el momento en que, el Misericordioso Alá, la llamara a su seno como lo había hecho con su padre, que en gloria esté.

2. La Cuerda

¡Ah, su padre!: su muerte fue un golpe duro, terrible, para ella; cómo decirlo, como una losa gigantesca que se le vino encima; de repente se dio cuenta lo inerme que estaba ante la vida; esa vida que había pasado dulcemente, sin las mordidas que da a los más humildes, esos que ella había llamado pobres, con una mezcla de conmiseración y de desprecio...; y de repente ¡zas! comprende que ella se encontraba entre esa misma franja de la sociedad que tiene que ganarse el pan atada a un trabajo, a un sueldo, como el resto de pobres de la tierra.

Se rompió el paracaídas que era su padre y se encontró al raso. Debía de cuidar de ella misma de lo contrario nadie la iba a cuidar. Y el olvido del cepillo no era un buen augurio.

Su padre, militar de profesión, no era una persona rica; de manera que al morir, la paga que le quedó a su madre viuda, no llegaba, o llegaba a duras penas, para pasar el mes, por lo que, a ella, su madre, la envió con la abuela...; además su padre había sido un pilar básico para todos ellos; más que un pilar, todo un paracaídas como ya se ha dicho, que les protegía de cualquier adversidad; es mas, si algún contratiempo se abatía sobre la familia, no llegaba a ninguno de los hijos; o cuando se enteraban, si se enteraban, la tormenta ya había pasado.

Verdaderamente fue todo un sólido paracaídas.

Eso de paracaídas era una palabra que siempre utilizaba su padre que había servido en el arma de aviación; bien es verdad que en servicios auxiliares y jamás había subido a un avión y menos, claro está, se había lanzado en paracaídas; pero le parecía muy apropiado usar esa palabra para hacer ciertas comparaciones y, a decir verdad, que en este caso le venía como anillo al dedo; su padre fue, para ellos, un pilar y un paracaídas y su muerte se dejó notar en la casa que, a partir de entonces, ya no fue la misma.

Y no fue porque la madre, débil de carácter, no supo seguir con la disciplina que el padre había implantado, quizá como un reflejo de la milicia; los hermanos se rebelaban a menudo; y la madre no sabía, no podía o no quería enfrentarse a ellos y los dejaba a su libre albedrío; mas de una vez, ella, había tenido que llamarles la atención; a pesar de no convivir con sus hermanos, sino, como ya se ha dicho, en casa de la abuela, le sublevaban la indisciplina y falta de respeto a su madre.

--¡Si padre viviera!, exclamaba.

Tenía verdadera fijación por el difunto padre; ya en vida la había tenido igualmente; y todos los valores del progenitor se habían vuelto a reencarnar en ella.

Por eso, el olvido del cepillo de dientes, le había afectado tanto; a su modo de ver era un ultraje a la memoria de su padre que, acostumbrado al trabajo de los servicios auxiliares, le había inculcado la meticulosidad en todas sus tareas, la labor bien hecha y sin un fallo, según él la entendía; el secreto está en la organización rutinaria, solía decir; y se enfadaba si ella dejaba algo a la improvisación.

Por ello había organizado su marcha, casi militarmente; entendida la milicia igual que su padre; de manera que ese fallo absurdo le había desequilibrado; sabía que había otras cosas de mayor entidad que el cepillo de dientes; pero, sin ser vital, resultaba imprescindible para prevenir un montón de enfermedades que comenzaban en la boca; su padre, sin duda, habría censurado su imprevisión; imprevisión no era la palabra exacta, ya que figuraba en la lista del cuaderno, como se ha apuntado, sino atolondramiento; se había dejado llevar por la emoción de ser libre por primera vez; por la emoción de ganar su primer sueldo.

Decididamente, no se lo iba a perdonar mientras viviera.

3. El Ahorcamiento

Miró un momento la habitación, por ver si en algún rincón de la misma lo había dejado abandonado; la señora de la casa, donde había encontrado alojamiento, mirando al esposo, se había apresurado a ofrecerle el cepillo de su hijo.

--"No se preocupe, señorita, cuando venga mi hijo del campo le dejará el suyo".

No supo contestarle con una negativa rotunda; es mas, no supo qué contestarle; y para ella, tan generoso ofrecimiento, era una amenaza de muerte.

Amenaza que se haría realidad en cuanto viniera el hijo de arar con las mulas, ¡El Altísimo lo remedie!; lo terrible es que no tendría escapatoria, ni paracaídas con que cubrirse, ¡Oh, Jehová, el de Suprema Bondad!, puesto que el lavabo común, no había otro, estaba en la cocina; una cocina amplia que tenía, en su frente, un hogar con chimenea y, a ambos lados, dos escaños; uno de ellos servía para poner las comidas del día; ahora no recordaba si a la derecha o a la izquierda estaba el fregadero; pero, al lado, había un lavabo con palancana o jofaina; allí tendría que lavarse los dientes, ¡El Señor del Universo no lo quiera!, a la vista de toda la familia, con el cepillo del hijo; solo de pensarlo le daban mareos; el techo se le vino encima y se tuvo que agarrar al respaldo de la silla, ¡Dios le perdone sus pecados!...

Había cenado sin ganas, siempre pensando en el cepillo de dientes del hijo de la señora; su corazón le había latido con bastantes pulsaciones; el hijo, para más inri, era tonto perdido; tenía la boca oscura cual noche de lobos, y dientes igualmente oscuros, amarillentos y carcomidos, como madera podrida; se lo había presentado el marido de la señora, poco antes de la cena.

--"Si, si, maestra, maestra", "buena, buena", -le había dicho él, pasándole su enorme manaza por la espalda.

Un estremecimiento de asco le corrió de arriba a abajo; estremecimiento del que ya se estaba recuperando al comprobar, como comprobaba, el paso del tiempo hablando de mil cosas insulsas y vanales, sin que recordaran u ofreciesen el dichoso cepillo de dientes. ¡Alabado sea Yavé!.

Se levantó para irse a la cama.

Estaba muy cansada del viaje y las emociones. No aguantaba mas.

--"Hasta mañana, si dios quiere; y que ustedes descansen", dijo despidiendo a los dos comensales.

--"Buenas noches, señora", añadió a la que estaba fregando.

La aludida se limpió las manos con la rodilla. Se dio la vuelta y, con la sonrisa en los labios, pronunció obsequiosamente:

--Tome, señorita.

Y le alargó el cepillo de dientes de su hijo.

La maestra de escuela, desbocado el corazón por mil latidos, emitió un sonido gutural, puso amarillenta su cara, cayendo al suelo, fulminada, todo lo larga que era.

El tonto, asustado por los gritos de su madre, con lagrimones en los ojos, repetía:

--"Maestra buena, buena".

Y se la quedó mirando con su oscura, podrida y desvencijada boca.

jueves, 9 de octubre de 2008

Iswe Letu: Tragándose la mala leche

Por Iswe Letu

Apodáronle 'El Moro'. Habiéndose ganado el mote año a año. Lo decimos porque, cuando las moras estaban en sazón, entre el ramaje espinoso de la zarzamora, se daba sus buenos y suculentos desayunos. Y como de lo que se come se cría, según el decir de las gentes, se estaba volviendo su cara amoratada.

Cuando se jubiló su desayuno de moras fue casi a diario. Se levantaba y, tras beberse un bueno y larguísimo trago de la botella de la nevera, porque los días eran aun calurosos y regresaba del paseo ya muy entrada la hora del mediodía, tornaba al lavabo, se miraba en el espejo diciéndose en voz alta:

-Las moras me están transformando en moro de verdad.

Su hijo, en situación de parado a causa de la crisis, se sonreía. Él, al ver su sonrisa, hacía un ademán de decirle algo. Luego se arrepentía.

Así, prácticamente, eran todas las mañanas. Todas. Su rutina.

Y el que vamos a relatar no fue una excepción: después de quedarse para si con algo que quería decirle a su hijo, salió del water y se encaminó, pasillo adelente, a la salida de la casa.

-¡Adiós papá! -oye que le dice.

-Con dios, hijo, y... -responde sin terminar la frase iniciada- ¿Para qué gastar más saliva? No me va a escuchar, piensa.

Su intención se inclinada, eso si, a aconsejarle que no perdiera el tiempo en asuntos que, una mente madura, adulta, calificaría de banales, secundarios; por ejemplo: pasarse horas y horas, ante el ordenador, escuchando música, una sola clase de música para más inri, o enterándose de los grupos musicales que existían en el mundo y de las novedades de sus grupos favoritos.

Eran aficiones, lo sabía, que toda la juventud ha sentido, pero que, con el paso del tiempo, se van atemperando al percibir, como lo perciben, unos más pronto y otros más tarde, que, la vida, es una cosa única y seria, que lo primero que hay que hacer es asegurarse el pan cotidiano ('Ganado tengo el pan, hágase el verso', decía José Martí) y luego, más tarde, alimentar al espíritu. Estando el segundo encadenado al primero irremediablemente: sin una manutención asegurada el alma no puede recibir su ración con pleno aprovechamiento. Es mas, no está preparada en absoluto para ese deleite.

Pero, en el caso de su hijo, no se daba todavía ese florecimiento de la razón, del sentido común.

Y eso le torturaba.

Absorto en sus pensamientos se tropezó con una señora a la que pidió perdón.

-¡Moro de mierda! -le regaló al oido la señora.

Tan corrido se quedó con las palabras de la individua que no supo que contestarle. Disgustado, aun más de lo que ya estaba, por esa contestación tan grosera de la mujer que, más que otra cosa, pareciole un rebuzno, se alejó con prisa hacia el campo donde las burras pastaban entre estornudos, los cuales en comparación con el rebuzno de la señora, eran notas delicadísimas.

Ya bastante apartado de esa asna humanoide murmuró:

-Hija de puta...

Es lo que tenía de malo 'El Moro': su proceder encaminado a tragarse todo para sí, por timidez, o por miedo a enfrentarse al de enfrente o... ¡o vaya usted a saber la razón!...

Lo cierto es que, sus intenciones, no se materializaban; es decir: no salían al exterior articuladas en palabras para que, el otro, las oyera. Y así, claro, no hay manera de dialogar, de hilar una simple conversación con el fin de llegar a algún acuerdo.

Con sus hijos (y con este en particular) que, como progenitor, es lo que más quería, las ideas que deseaba trasmitirle se quedaban en su magín sin salir afuera. De modo, que nunca llegaba a traspasarle la riqueza de conceptos que, él, creía llevar dentro. Sus principios democráticos, mal aprendidos y peor asimilados, en un mundo de patriarcas, de dictaduras del padre, de machismo, le impedían ejercer esa autoridad que, a veces, es necesaria para la educación de los hijos y cuando conseguía apuntar uno, uno tan solo de los conceptos, le rebatían de malas maneras los hijos. Entonces, por no salir a mal, dejaba pudrirse la mala leche dentro de su piel. Recordaba, al respecto, que pocos días ha, estando sentado a la mesa, vio que su hijo lo miraba de modo atravesado y le dijo:

-Parece que me miras mal.

-Te miro mal siempre
-le contestó su vástago.

Otro padre, de los que él conocía, hubiera reaccionado enérgicamente, y de inmediato, diciéndole:

-¡Ah, si! ¡Pues, cuándo coños piensas encontrar trabajo e irte de aquí, de una puta vez, para no verme en esta casa que pago y, además, te alimento, teniendo que aguantar tus impertinencias, de las que ya me tienes más que harto... hasta mismísimos cojones!

Pero se calló. Enmudeció. Porque a él, precisamente a él, lo que le hubiera gustado era hacerlo sentar a la mesa y en charla tranquila, sosegada, amorosa, expresarle, enseñándole, mostrándole, con ejemplos, que la vida es corta y que hay que aprovechar el tiempo, fugaz, que se va y no vuelve; diciéndole que se puede estudiar, cultivar su espíritu y divertirse con los amigos sin malgastarlo. Y que observaba en su comportamiento un hecho que, a su modo de ver, le estaba empobreciendo intelectualmente, como era el hecho, cierto, de que solo atendía a una manifestación artística; y dentro de esa misma parcela del arte, la música, a un solo estilo y eso... ¿cómo decirlo?... era como hacerse sectario de esa música; con lo cual cortaba con la inmensa riqueza de la humanidad que no sabe de barreras unilaterales; si, se estaba aislando de las diversas y múltiples facetas de la actividad artística: la poesía, el teatro, la música, la novela... La lectura de los clásicos de la novela, por ejemplo, podría ser una forma de reflexionar sobre la vida haciéndole madurar a uno. Y le añadiría que no se dejara maniatar por la angustia del paro, si es que la tenía, que la tendría aunque a su padre no se la manifestara; y que a pesar de lo negativo del paro, del desempleo, este tiene un punto positivo, y es que el tiempo puede diversificarse: repasando, por ejemplo, las materias de su carrera un tanto olvidadas; haciendo gimnasia; escuchando, no solo una, sino todo tipo de musica; perfeccionando o aprendiendo programas informáticos; manejando numerosas herramientas de trabajo... Ahora, si, ahora que tenía más tiempo libre y la manutención asegurada porque, luego, si su padre desaparecía... Pero, ¿para qué decirle todas esas cosas?... Podría ser que le contestara, no como la burra femenina, a lo mejor... peor.

-No. No vale la pena.

Sin darse cuenta se había ido alejando de la población. Lo supo, de repente, por el esquileo de la ovejas. Alzó la vista del suelo y miró al frente. Aspirando profundamente su rostro se iluminó. Lo que se le ofrecía a la vista nada tenía que ver con lo que dejó atrás: el campo verdecido, tras las lluvias, mostraba su 'alegre otoñada': aquí florecillas lilas, amarillentas y blanquecinas, embellecían el prado; allá, los blancos champiñones asomaban sus redondas cabezas y, de cuando en cuando, los niscalos, inconfundibles, lucían sus sombreros anaranjados; y, lo que él más deseaba, diseminadas por laderas o cerca de arroyos, las verdioscuras zarzamoras, quienes, al sol, hacían brillar sus frutos como diciendo: 'acá estamos, venid a comernos'. Y es lo que hizo.

Ya había otros comensales dándose el desayuno. A algunos los conocías de días pasados, eran emigrantes marroquíes, parados como su hijo. Los saludó: 'Sala maleikun' o 'Ala ila ala' o 'Insalah'; no sabía bien lo que significaban pero coligió que eran frases de cortesía, similares a las que, en castellano, se saludan unos a otros; y con las cuales esos comedores de moras matinales le respondieron: 'Buenos dias' o 'Qué tal' o 'Con Dios' o 'Hasta luego'. Nada más se digeron, pero con eso bastaba.

Esa mañana fue abundante el desayuno de moras. De zarzamora en zarzamora fue pasando el tiempo. Algunos ratos se paraba sentándose en alguna piedra. El sol calentaba sus huesos. Lo agradecía. Se estaba tan bien... ¿Volver a casa?... Claro... Sin ganas... Lo que menos le tentaba era regresar a su morada. No le hacía la menor gracia. Mas, volvió. A remolque. Pero lo hizo.

Abrió la puerta. Otras veces llamaba al timbre. Se encaminó, como siempre. al frigorífico. Cogió la botella. Acordándose de una mujer de su pueblo quien, por las matanzas de los cerdos, después de comer la chanfaina, levantaba la jarra de vino y en voz alta expresaba su aversión al agua con palabras tales como: 'tu, madre de ranas y sapos y lavadora de trapos...' para a continuación pegarle un trago profundo de vino a la jarra; con ese recuerdo, 'El Moro', levantó, igualmente, la botella de vino y, mirándola con devoción, casi con arrobo, exclamó:

-Los latinos decían: ¡In vino veritas!... ¡Oh, tu, botella de vino, introdúceme entre pecho y espalda la esencia alegre del optimismo! Lo necesito.

Luego, como hacía ordinariamente, se dirigió al lavabo para refrescarse la cara. Su hijo se estaba afeitando al tiempo que oía música. La música de siempre. Para variar. Mientras se secaba la cara miró al espejo.

-Las moras me están volviendo, realmente moro.

Su hijo, que lo veía también en el espejo, sonriendo le dice:

-¿Las moras, papá?... Jajaja... Mas bien el morapio.

__________


domingo, 12 de agosto de 2007

José Mª Amigo Zamorano: ¡Envidia cochina!



Salió a pasear su ociosidad. Mas, antes de seguir su sendero, quería dejar constancia que le hubiera gustado tenderse en prado de fina yerba, al lado de una piscina hecha para él solo.

Ya antes de comenzar la cuesta, la vio en su cama o en su casa o en su nido, que todo viene a ser lo mismo donde uno descansa.

Salió, como digo, a dar una vuelta por el pueblo; a ver, cómo, la vida corría sin necesidad de su concurso; a comprobar, una vez más, que el fluir de la existencia sigue, imparable, sin importarle qué garbanzo o pimiento, u otro semilla cualquiera, entre en la cocedura.

Con esta amarga conciencia, de realismo extremo, caminaba calle arriba oyendo el rodar y rozar de coches sobre el asfalto mojado. Con el calor que hacía, seguro que el dicho asfalto se embriababa de de contento ante el doble despilfarro de agua. Doble, porque, por una parte, el agua venía saltando tapias de jardines privados y, por otra, procedía del desbordamiento de setos, por donde pasaba la tubería de goma, del riego por goteo, ¡qué risa!; agua que venía incrementado su caudal despilfarrador, calle abajo, desde los alcorques de los árboles.

Árboles y plantas, adornaban de manera irregular todo lo largo de la calle. Decimos irregular, si, pues, puestos, como lo fueron, hace años, no habían sido cuidados con el debido esmero y, claro, algunos se habían secado, quedando de planta a planta, claros o calvos demasiado evidentes, lo que hacía de esta irregularidad, para qué negarlo, un verdadero adefesio.

Pero bueno, irregular o no, las fincas, con sus casonas a ambos lados de la carretera, lo agradecían. O, por lo menos, seguro que su precio se había incrementado un poco más. A los dueños les importaría un bledo, unas plantas mas o menos; ya, de por sí, sus jardines estaban de flora a rebosar. Por cierto, bien protegidos por muros de considerable altura. Así impedían que su intimidad fuera violada por miradas impertinentes. De modo que, los setos y árboles callejeros, ni los veían.

Había salido a pasear.

Dicen los higienistas que es muy bueno para la salud…

Y él decía, porque tenía su opinión al respecto, que, igualmente bueno para la salud… ¿igualmente bueno?... ¡no!, ¡mucho más!, era tumbarse en una hamaca bajo el palmeral rumoroso de playas caribeñas; por ejemplo: las de Cuba; o tirado en arena suave y blanquísima de un paraíso tropical cualquiera (para qué discriminar a nadie) con olas de movimiento blandengue, cansado, mecidas por brisas con aromas de jazmines (u otros aromas cualesquiera, buena gana de relegar a unos por otros) y el agua, claro, casi, en calma chicha…

-"Lo cierto es que, bueno, sí... -asentía con la cabeza- reconozco la bondad del pasear, sin necesidad de que higienistas u otros ‘istas’ lo digan; pero siempre en unas determinadas condiciones… Porque, pienso yo -se decía- el solo pasear, sin más ni más, no vale… Porque, vamos a ver, ¿alguno ha tenido en cuenta el efecto malsano que puede tener el cabreo que produce, en el caminante, como yo, la cara insultante de las mansiones citadas, exhibiendo, obscenas, su riqueza?…"

No. No lo han tenido en cuenta.

-"Son científicos de andar por casa, de tres al cuarto, de pacotilla, ¡oh!... me callo porque sino… la lío".
-"Pero… -y se paraba- no, no, yo lo voy a decir… Voy a decir lo que hago frente a esas putas casas: aprieto los puños, arrugo el ceño y sigo adelante, ya de mala leche todo el camino. Y porque no me queda otro remedio... Aunque bien quisiera asaltarlas, nacionalizarlas, municipalizarlas, comunizarlas… Pero sigo el paseo como un gilipollas... Y eso que estoy convencido de que estaría mejor junto a una piscina echado a la bartola. O zambulléndome en el agua sin que nadie pudiera atisbar ni un pelo, de mi poblada piel de mono hecho hombre. ¡Ah, qué gozo, qué placer sería tirarme en la yerba todo lo largo que soy… ser acariciado por el aire y por el suave y húmedo césped…!".

Como esa que veía ahí arriba. Y que la había atisbado nada más emprender el camino calle arriba. En esa especie de rascacielos verde. Enorme. Altísimo. Exhibiendo su veraneo en la cúspide. En la cima. En lo más alto. Y en medio de la finca. De esa mansión...


-"Para envidia de los que vamos a ras de suelo, como gusanos" -pensó.

La miró fijamente: allí estaba con su colorido binario: como una gran dama: de blanco y negro: en actitud lánguida: desmayada: desmadejada: suelta: toda tumbada, como a él le hubiera gustado hallarse, en lugar de pasear respirando el humo, la mierda que despiden, por los tubos de escape... a veces, casi a chorros negros y otras, en suaves humaredas de un gris blanquecino, esos automóviles que pasan continuamente.

Respirando muerte lenta, pero muerte.

Y además, para mas inri, nos contemplan, desde los ventanales de sus palacetes, (porque algunos lo eran), ricachones que, a esas horas, levantan los culos de sus camas o poltronas. O incluso permanecen en ellas riéndose de los que, como él, observan con envidia, con ansia, no sólo porque quisieran poseer la casa, sino poseer y yacer con su matrona y, si fuera posible, en el propio tálamo.

-"Pero no tenemos otra alternativa -se dice para si- que seguir zambulléndonos en el aire viciado, ya que no podemos hacerlo en la propia piscina, por el humo de los coches. Muchos conducidos por hijos, sobrinos o nietos de esos mismos gandules que, sin haber dado un palo al agua, tienen todo el agua que quieren, piscinas enteras… ¡hostias!"

Se paró en mitad de la cuesta. Miró hacia atrás. La volvió a ver. En el abeto alto como un rascacielos. El negro de su vestimenta se disimula un poco con el verde oscuro del rascacielos, pero el blanco, ¡ah el blanco!, cae, alargándose, hacia un lado. Como si quisiera escurrirse. Una demostración palpable…

-"¡Alto ahí!... -exclama para sus adentros- Más que palpable, que más quisiera yo, visible... de cómo se deja acariciar por el viento de la altura. De esa altura donde goza del verano, sin importarle lo más mínimo lo que puedan murmurar, -para murmurar ya lo hace ella-, los mirones: como yo, que la contemplo alelado."

Su equilibrio sobre el abismo da hasta miedo; y envidia y rencor... por no poder estar donde ella se encuentra: en posesión del dominio placentero de los sentidos; así, en plural...

No se puede aguantar más. Siente la irresistible atracción de ella. Coge los prismáticos. Como un viejo verde. Como un voyerista. Es un placer que se puede permitir. Este sí. Un instrumento, además, que le hace volar de nido en nido, de ventana en ventana... Ahora lo ve todo perfectamente. No es lo que pensaba. Ni por asomo.

¡Pobre! La cigüeña está muerta en lo que parece un abeto centenario. Altísimo. Como rascacielos. Su cuello y su pico caen de un lado, nido abajo. Eso es lo que semejaba una postura desmayada, desmadejada, tumbada…

-"Los del chalé, por lo que se ve, se han cansado de oír el machaqueo del ajo de la cigüeña. Y, como está en su finca, la mataron. ¡Malditos! ¡Ricos tendrían que ser para ser buenos! Una república les bajaría..."

martes, 5 de junio de 2007

Isabel Escudero: Saltando el Mapa



Erase una vez una niña que había nacido en una casa donde había muchos, muchos libros: libros de historia, libros de ciencia, libros de cuentos, libros de cuentas... Y la niña crecía entre los libros, y unas veces los abría y los leía un rato, y otras veces jugaba con ellos a hacer casitas o amontonarlos en pilas, donde se subía y se quedaba muy quieta imitando una estatua.

Los libros que más le gustaban eran los atlas de geografía, de los que desprendía las mapas de los lomos y los extendía por el suelo como formando el mundo consigo mismo. La embelesaban esos relieves de las montañas de sepia y chocolate con nata arriba que se agrietaban en surcos por donde bajaban ríos de cristal. Y tantos y tantos puntitos de los pueblos, todos nombre, tan pequeñitos, aunque se llamaran París, Roma, Estambul o Buenos Aires. Porque nuestra niña vivía en un pueblecito de la llanura de La Serena, allá en aquella esquina de Europa que llamaban España, un poco antes de saltar a esa otra piel reseca de cocodrilo que titulaban África.

Pues bien, las largas siestas, cuando todos se refrescaban en la penumbra de sus cuartos, la niña subía al doblao y agitaba entre sus manos un dado y lo lanzaba sobre los mapas, y allá donde el dado caía, alá se iba volando la criatura sin moverse un palmo del desván. Así, un día se fue a la China, y allí se paseaba a saltitos con una carita de arroz y los ojitos estrechos. Otro día llegó hasta Egipto, y en una falúa de oro navegaba por el Nilo. Y una tarde en el mercado de Tumbuctú, serpientes de oro bailaban en sus tobillos. Y otra vez, en la Siberia, desde un tren largo, muy largo, vio sobre la nieve un pope con una copa sangrando, bajó del tren y siguió el rastro.

Pera ¡hete aquí! que un día que le tocó al dado caer sobre Europa, ¡hete aquí! que vino a rodar sobre España, ¡hete aquí! que en una vueltecita más rodó sobre Extremadura, y en una última pirueta de bailarina giró sobre una esquina ¡zas!, cayó encima, en cima de La Serena, tapando aquel pueblecito donde la niña de verdad estaba. Y, ¡qué pasó entonces? ¿Cómo se las apañaría la muchachita para, según su costumbre, volar hasta el sitio de mentira si al ser el sitio de verdad, el truco ya no valdría?...

Te propongo a ti el final del cuento


Isabel Escudero(*)

Estación de Las Navas del Marqués


(*) Isabel Escudero es profesora de Psicodidáctica. Antes fue profesora de Creatividad. Autora de un ensayo sobre 'El Llanto' y de los libros de poemas 'Coser y cantar' y 'Cifra y aroma'. Escribe sobre cine, pensamiento, lenguaje, crítica social y política en diversas publicaciones.


LEÍDO EN LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 0-1 DEL AÑO 1992 ILUSTRADO CON UN DIBUJO DE ASUN BALZOLA QUE PUBLICÓ LA REVISTA 'KANTIL' AUNQUE NOSOTROS HEMOS PUESTO OTRA ILUSTRACIÓN DE LA MISMA AUTORA RECIENTEMENTE FALLECIDA. ESTE NÚMERO DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' ESTÁ SIN PAGINAR. ABAJO, EN EL LUGAR DE LA PÁGINA, APARECE SIEMPRE UN VERSO, FRASE, O PROVERBIO. EN ESTE CASO DICE:


'SOY TU EN TI LA UNIDAD INCREADA'


Nyunai

Isabel Escudero: El libro de nieve



PARA LOS NIÑOS DE LAS NAVAS QUE ESCRIBEN EN LA NIEVE





Para aquella niña, hija de maestros de escuela, padre y madre, que nació y se crió entre libros, que aprendió a leer casi antes que hablar y a escribir antes que andar, fue todo un hallazgo aquel libro blanco, donde las páginas estaban vacías, invitadoras como una sábana blanca, o un campo de nieve, donde emergían las letras y los dibujos en el momento de leerlos y no antes. Algo así como pasa con la música, que sólo al oirla se fija en la partitura del alma, o como la escritura de los sueños, que se escribe al leerlos.

Y, sin embargo, no era un cuaderno, era un libro liso y blanco, de pastas nacaradas, donde la última página podía ser la primera y al contrario, porque tenía la extraña virtud de ser cilíndrico al girar sobre sus goznes, un lomo flexible y suave como el de un gato de blanca angora.

En este libro vacío había historias y leyendas de países lejanos y estaban escritas cada una en la lengua de su tierra, pero podían ser leídas por los niños de cualquier lengua, como si de tentadores enigmas se tratara. Había historias de guerras antiguas como en los manuales de Historia de nuestras escuelas, pero contadas con pormenores de detalles y vívidos colores que borboteaban sangre y destellos sobre el blanco. Así, los niños escribían la guerra sobre la página blanca, como hacen en realidad cuando entablan peleas los días que nieva. Otra de las notas de estos cuentos y relatos es que no tenían fin, ni al remate todos eran felices, ni por supuesto desgraciados para siempre, sino que se quedaban suspendidos en el aire, en ese punto en que la historia se iba pareciendo y acercando al instante en que empezó, que al mismo tiempo no era ningún empezar, salvo porque recordaba a los cuentos corrientes por eso de 'érase una vez...'. Pero bueno, mejor que explicarlo os presentaré uno de esos cuentecillos que se escribían al leer las páginas del libro de nieve, y que a mí me intrigó especialmente:

SALTANDO EL MAPA
(sigue en el siguiente post)
TOMADO DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' ESTE ESCRITO DE ISABEL ESCUDERO, REVISTA NÚMERO 0-1 DEL AÑO 1992 SIN PAGINAR. EN SU LUGAR APARECE UNA FRASE, POEMA O PROVERBIO, SOBRE TODO AFRICANO. AQUÍ EL VERSO ES DE TAHAR BEN YELUM Y DICE ASÍ:
'NO CREAN EN LA MANO QUE LABORA
EL CAMPO DE LA SOLEDAD'
Tahar Ben Yelum