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martes, 5 de abril de 2011

Iswe Letu: Burla a la estirpe real


han flagelado los contornos de la tierra a cohetazos envejeciéndola ajándola en el hálito y en el hábito y los afanes del silencio 

y quieren tapar los alaridos que producen en las gentes de baja condición los banqueros ufanos silvando en sus llaves 

y que es una burla a la estirpe real de las almendras de esperanza no se discute ahora cuando ese gesto es como un escupitajo

y esos banqueros que se pintan en la frente la cifra de dios para que los vientos no tengan espadas son burla para la mayoría

y esos banqueros se evaden como grupa de gacela desatenta cuando las condiciones maravillosas se hacen muerte de nada

y los príncipes ¡ah ellos! pagados en moneda de peces ni gritan ni lloran ni se aunan con la penuria de vivir pasando como una tempestad

jueves, 4 de marzo de 2010

José Mª Amigo Zamorano: El cepillo de dientes

1. El Atadijo

Era la primera vez que tomaba posesión de una escuela, después de haber aprobado las oposiciones brillantemente.

A pesar de haber preparado, concienzudamente, la maleta, se le había olvidado el cepillo de dientes. Había mirado y remirado entre las prendas que se apilaban encima de la cama; había hurgado en los bolsillos; y nada, no aparecía el cepillo.

Y este hecho, aparentemente anodino, le había producido un malestar del que no podía liberarse fácilmente a pesar de los esfuerzos que hacía; no era por el cepillo en si, que también, sino porque no encontraba explicación a su descuido.

Recordaba haber cogido el lápiz y escrito, uno por uno, todos los utensilios que necesitaba para vivir en ese pueblo; recordaba igualmente el cuaderno; lo recordaba porque había dudado entre comprarse uno nuevo o hacerlo en el que, desde que estudiara el bachillerato, siendo una joven pipiola, había destinado para volcar sus inquietudes; y que finalmente se decidió por esa especie de diario que guardaba, celosamente, y que, de vez en cuando, palpaba y hojeaba con cariño. Y es que allí recogió los sentimientos que le embargaron al morir su padre; y que mas natural sería que guardara recuerdos también de este acontecimiento -como los guardó de aquel- que, con el paso tiempo, iba a ser decisivo en su vida -qué duda cabe- hasta el momento en que, el Misericordioso Alá, la llamara a su seno como lo había hecho con su padre, que en gloria esté.

2. La Cuerda

¡Ah, su padre!: su muerte fue un golpe duro, terrible, para ella; cómo decirlo, como una losa gigantesca que se le vino encima; de repente se dio cuenta lo inerme que estaba ante la vida; esa vida que había pasado dulcemente, sin las mordidas que da a los más humildes, esos que ella había llamado pobres, con una mezcla de conmiseración y de desprecio...; y de repente ¡zas! comprende que ella se encontraba entre esa misma franja de la sociedad que tiene que ganarse el pan atada a un trabajo, a un sueldo, como el resto de pobres de la tierra.

Se rompió el paracaídas que era su padre y se encontró al raso. Debía de cuidar de ella misma de lo contrario nadie la iba a cuidar. Y el olvido del cepillo no era un buen augurio.

Su padre, militar de profesión, no era una persona rica; de manera que al morir, la paga que le quedó a su madre viuda, no llegaba, o llegaba a duras penas, para pasar el mes, por lo que, a ella, su madre, la envió con la abuela...; además su padre había sido un pilar básico para todos ellos; más que un pilar, todo un paracaídas como ya se ha dicho, que les protegía de cualquier adversidad; es mas, si algún contratiempo se abatía sobre la familia, no llegaba a ninguno de los hijos; o cuando se enteraban, si se enteraban, la tormenta ya había pasado.

Verdaderamente fue todo un sólido paracaídas.

Eso de paracaídas era una palabra que siempre utilizaba su padre que había servido en el arma de aviación; bien es verdad que en servicios auxiliares y jamás había subido a un avión y menos, claro está, se había lanzado en paracaídas; pero le parecía muy apropiado usar esa palabra para hacer ciertas comparaciones y, a decir verdad, que en este caso le venía como anillo al dedo; su padre fue, para ellos, un pilar y un paracaídas y su muerte se dejó notar en la casa que, a partir de entonces, ya no fue la misma.

Y no fue porque la madre, débil de carácter, no supo seguir con la disciplina que el padre había implantado, quizá como un reflejo de la milicia; los hermanos se rebelaban a menudo; y la madre no sabía, no podía o no quería enfrentarse a ellos y los dejaba a su libre albedrío; mas de una vez, ella, había tenido que llamarles la atención; a pesar de no convivir con sus hermanos, sino, como ya se ha dicho, en casa de la abuela, le sublevaban la indisciplina y falta de respeto a su madre.

--¡Si padre viviera!, exclamaba.

Tenía verdadera fijación por el difunto padre; ya en vida la había tenido igualmente; y todos los valores del progenitor se habían vuelto a reencarnar en ella.

Por eso, el olvido del cepillo de dientes, le había afectado tanto; a su modo de ver era un ultraje a la memoria de su padre que, acostumbrado al trabajo de los servicios auxiliares, le había inculcado la meticulosidad en todas sus tareas, la labor bien hecha y sin un fallo, según él la entendía; el secreto está en la organización rutinaria, solía decir; y se enfadaba si ella dejaba algo a la improvisación.

Por ello había organizado su marcha, casi militarmente; entendida la milicia igual que su padre; de manera que ese fallo absurdo le había desequilibrado; sabía que había otras cosas de mayor entidad que el cepillo de dientes; pero, sin ser vital, resultaba imprescindible para prevenir un montón de enfermedades que comenzaban en la boca; su padre, sin duda, habría censurado su imprevisión; imprevisión no era la palabra exacta, ya que figuraba en la lista del cuaderno, como se ha apuntado, sino atolondramiento; se había dejado llevar por la emoción de ser libre por primera vez; por la emoción de ganar su primer sueldo.

Decididamente, no se lo iba a perdonar mientras viviera.

3. El Ahorcamiento

Miró un momento la habitación, por ver si en algún rincón de la misma lo había dejado abandonado; la señora de la casa, donde había encontrado alojamiento, mirando al esposo, se había apresurado a ofrecerle el cepillo de su hijo.

--"No se preocupe, señorita, cuando venga mi hijo del campo le dejará el suyo".

No supo contestarle con una negativa rotunda; es mas, no supo qué contestarle; y para ella, tan generoso ofrecimiento, era una amenaza de muerte.

Amenaza que se haría realidad en cuanto viniera el hijo de arar con las mulas, ¡El Altísimo lo remedie!; lo terrible es que no tendría escapatoria, ni paracaídas con que cubrirse, ¡Oh, Jehová, el de Suprema Bondad!, puesto que el lavabo común, no había otro, estaba en la cocina; una cocina amplia que tenía, en su frente, un hogar con chimenea y, a ambos lados, dos escaños; uno de ellos servía para poner las comidas del día; ahora no recordaba si a la derecha o a la izquierda estaba el fregadero; pero, al lado, había un lavabo con palancana o jofaina; allí tendría que lavarse los dientes, ¡El Señor del Universo no lo quiera!, a la vista de toda la familia, con el cepillo del hijo; solo de pensarlo le daban mareos; el techo se le vino encima y se tuvo que agarrar al respaldo de la silla, ¡Dios le perdone sus pecados!...

Había cenado sin ganas, siempre pensando en el cepillo de dientes del hijo de la señora; su corazón le había latido con bastantes pulsaciones; el hijo, para más inri, era tonto perdido; tenía la boca oscura cual noche de lobos, y dientes igualmente oscuros, amarillentos y carcomidos, como madera podrida; se lo había presentado el marido de la señora, poco antes de la cena.

--"Si, si, maestra, maestra", "buena, buena", -le había dicho él, pasándole su enorme manaza por la espalda.

Un estremecimiento de asco le corrió de arriba a abajo; estremecimiento del que ya se estaba recuperando al comprobar, como comprobaba, el paso del tiempo hablando de mil cosas insulsas y vanales, sin que recordaran u ofreciesen el dichoso cepillo de dientes. ¡Alabado sea Yavé!.

Se levantó para irse a la cama.

Estaba muy cansada del viaje y las emociones. No aguantaba mas.

--"Hasta mañana, si dios quiere; y que ustedes descansen", dijo despidiendo a los dos comensales.

--"Buenas noches, señora", añadió a la que estaba fregando.

La aludida se limpió las manos con la rodilla. Se dio la vuelta y, con la sonrisa en los labios, pronunció obsequiosamente:

--Tome, señorita.

Y le alargó el cepillo de dientes de su hijo.

La maestra de escuela, desbocado el corazón por mil latidos, emitió un sonido gutural, puso amarillenta su cara, cayendo al suelo, fulminada, todo lo larga que era.

El tonto, asustado por los gritos de su madre, con lagrimones en los ojos, repetía:

--"Maestra buena, buena".

Y se la quedó mirando con su oscura, podrida y desvencijada boca.

martes, 3 de noviembre de 2009

Massimo D'azeglio: El Sepulturero Hambriento (*)



Un hombre vestido con una capa oscura toda descosida, con los rojos cabellos en desorden y un rostro de triste augurio, estaba parado en medio de la sacristía y, vuelto hacia un fraile dominico que ocupaba con su corpulencia todo un sillón de cuero colocado entre uno y otro armario, mueble corriente en aquellos lugares, le preguntaba con hablar rudo y voz basta y penetrante:

-¿Cuáles he de preparar, la de los pobres o la de los señores?

-¡Bonita pregunta! -respondió el fraile, y la sola parte que se movía en su cuerpo eran los labios-. ¿No sabes que el señor Gonzalo corre con los gastos? No se trata de uno de esos muertos de hambre de Barletta que para no tener que pagarle nada al clero se hacen enterrar como pobres. De primera clase, ya os lo he dicho a todos, de primera clase, campanas, catafalco y misa cantada. Me parece que estáis hoy todos más tontos que de costumbre.

El otro se encogió de hombros y, habiéndose dirigido hacia uno de los lados de la sacristía, se quitó de la vista de Fieramosca, pero éste oyó meter la llave en una puerta y abrirla; luego distinguió un rumor de pasos que se alejaban, y durante algunos minutos no oyó otra cosa; poco después los mismos pasos que regresaban con un arrastrar como de cosa empujada sobre el suelo; el estrépito avanzó hasta que volvió a aparecer el mismo hombre tirando de un catafalco negro que dejó en medio de la sacristía, y el cual tenía unos filetes de plata y una cruz a la cabecera, y a los pies un cráneo envuelto entre dos huesos colocados allí a la manera de cruz de San Andrés. Arrojó encima del catafalco una cubierta de terciopelo negro, después que con un paño hubo sacudido el polvo. Mientras el sepulturero cumplía este oficio con esos modales despreocupados y ese malhumor que, con demasiada frecuencia, se nota en los servidores de las sacristías, una idea alegre encontró forma, sin embargo, de contraerle en una sonrisa la piel que le cubría los huesos de las mejillas.

-Por tanto, también esta vez habrá bebida para mí. Hace mucho tiempo que no hay otro trabajo que el de marinero o pescador... Demos gracias a Dios de que, de vez en cuando, se acuerda de uno de estos... -se volvió de pronto, casi temiendo ser oído, y en voz baja siguió-: de estos peces gordos.

-A todos les toca la vez -dijo el fraile, cortando la frase en dos con un bostezo.

-Y puede ser -seguía el sepulturero, colocando la cubierta sobre el feretro y apartándose para ver que no colgase más de una parte que de otra-, puede ser que la Beca, esa bruja de mi mujer, se haya salido con la suya. Ayer noche, esto es bueno, estábamos en la cama y hablábamos de que está uno sin nada que hacer y no se trabaja, y que los refajos de la mujer y el sayo nuevo, que me pude hacer con los dineros ganados en la peste, se van a toda prisa. Y ved si es verdad -y así diciendo alzaba las mangas hasta los codos para mostrar con la delgadez de sus brazos la verdad de sus afirmaciones-; bueno, pues decíamos que si seguía la cosa así, dentro de poco estaríamos muertos de hambre. Y esta mañana, antes del Avemaría, mientras me levantaba para bajar a la iglesia, me dice ella: '¿Sabes lo que he soñado?'. '¿Qué has soñado?'. 'Me parecía que la cocina de la hostería de Veleno estaba llena de camas y el posadero era el que estaba más amarillo, y en resumen, que había vuelto la peste y que habíamos levantado cabeza y tú andabas por Barletta vestido como una caballero...'. Y es lo que yo digo, fray Biagio, entre la guerra y la peste, ¿qué diferencia hay? Y puede ser que antes de esta noche... -y al llegar aquí, de nuevo bajó la voz y viendo que desde la iglesia nadie lo miraba, pasándose el pulgar sobre los hombros, señaló hacia los trece jóvenes-, puede ser, en suma, que alguno vuelva a casa sobre el ataud...

El fraile, o porque no había prestado atención o por mantener los derechos de la jerarquía, no se cuidó de responder, con lo que se acabó el diálogo. El sepulturero, cuando hubo puesto en orden todas las cosas, desapareció, y el catafalco se quedó en medio de la sacristía.

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Massimo D'azeglio en 'Héctor Fieramosca'. Título original: Ettore Fieramosca o La disfida di Barletta. Traductor: Mariano Orta, Ediciones Toray, S.A., Barcelona 1968

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(*) Título agregado por nos

jueves, 9 de octubre de 2008

Iswe Letu: Tragándose la mala leche

Por Iswe Letu

Apodáronle 'El Moro'. Habiéndose ganado el mote año a año. Lo decimos porque, cuando las moras estaban en sazón, entre el ramaje espinoso de la zarzamora, se daba sus buenos y suculentos desayunos. Y como de lo que se come se cría, según el decir de las gentes, se estaba volviendo su cara amoratada.

Cuando se jubiló su desayuno de moras fue casi a diario. Se levantaba y, tras beberse un bueno y larguísimo trago de la botella de la nevera, porque los días eran aun calurosos y regresaba del paseo ya muy entrada la hora del mediodía, tornaba al lavabo, se miraba en el espejo diciéndose en voz alta:

-Las moras me están transformando en moro de verdad.

Su hijo, en situación de parado a causa de la crisis, se sonreía. Él, al ver su sonrisa, hacía un ademán de decirle algo. Luego se arrepentía.

Así, prácticamente, eran todas las mañanas. Todas. Su rutina.

Y el que vamos a relatar no fue una excepción: después de quedarse para si con algo que quería decirle a su hijo, salió del water y se encaminó, pasillo adelente, a la salida de la casa.

-¡Adiós papá! -oye que le dice.

-Con dios, hijo, y... -responde sin terminar la frase iniciada- ¿Para qué gastar más saliva? No me va a escuchar, piensa.

Su intención se inclinada, eso si, a aconsejarle que no perdiera el tiempo en asuntos que, una mente madura, adulta, calificaría de banales, secundarios; por ejemplo: pasarse horas y horas, ante el ordenador, escuchando música, una sola clase de música para más inri, o enterándose de los grupos musicales que existían en el mundo y de las novedades de sus grupos favoritos.

Eran aficiones, lo sabía, que toda la juventud ha sentido, pero que, con el paso del tiempo, se van atemperando al percibir, como lo perciben, unos más pronto y otros más tarde, que, la vida, es una cosa única y seria, que lo primero que hay que hacer es asegurarse el pan cotidiano ('Ganado tengo el pan, hágase el verso', decía José Martí) y luego, más tarde, alimentar al espíritu. Estando el segundo encadenado al primero irremediablemente: sin una manutención asegurada el alma no puede recibir su ración con pleno aprovechamiento. Es mas, no está preparada en absoluto para ese deleite.

Pero, en el caso de su hijo, no se daba todavía ese florecimiento de la razón, del sentido común.

Y eso le torturaba.

Absorto en sus pensamientos se tropezó con una señora a la que pidió perdón.

-¡Moro de mierda! -le regaló al oido la señora.

Tan corrido se quedó con las palabras de la individua que no supo que contestarle. Disgustado, aun más de lo que ya estaba, por esa contestación tan grosera de la mujer que, más que otra cosa, pareciole un rebuzno, se alejó con prisa hacia el campo donde las burras pastaban entre estornudos, los cuales en comparación con el rebuzno de la señora, eran notas delicadísimas.

Ya bastante apartado de esa asna humanoide murmuró:

-Hija de puta...

Es lo que tenía de malo 'El Moro': su proceder encaminado a tragarse todo para sí, por timidez, o por miedo a enfrentarse al de enfrente o... ¡o vaya usted a saber la razón!...

Lo cierto es que, sus intenciones, no se materializaban; es decir: no salían al exterior articuladas en palabras para que, el otro, las oyera. Y así, claro, no hay manera de dialogar, de hilar una simple conversación con el fin de llegar a algún acuerdo.

Con sus hijos (y con este en particular) que, como progenitor, es lo que más quería, las ideas que deseaba trasmitirle se quedaban en su magín sin salir afuera. De modo, que nunca llegaba a traspasarle la riqueza de conceptos que, él, creía llevar dentro. Sus principios democráticos, mal aprendidos y peor asimilados, en un mundo de patriarcas, de dictaduras del padre, de machismo, le impedían ejercer esa autoridad que, a veces, es necesaria para la educación de los hijos y cuando conseguía apuntar uno, uno tan solo de los conceptos, le rebatían de malas maneras los hijos. Entonces, por no salir a mal, dejaba pudrirse la mala leche dentro de su piel. Recordaba, al respecto, que pocos días ha, estando sentado a la mesa, vio que su hijo lo miraba de modo atravesado y le dijo:

-Parece que me miras mal.

-Te miro mal siempre
-le contestó su vástago.

Otro padre, de los que él conocía, hubiera reaccionado enérgicamente, y de inmediato, diciéndole:

-¡Ah, si! ¡Pues, cuándo coños piensas encontrar trabajo e irte de aquí, de una puta vez, para no verme en esta casa que pago y, además, te alimento, teniendo que aguantar tus impertinencias, de las que ya me tienes más que harto... hasta mismísimos cojones!

Pero se calló. Enmudeció. Porque a él, precisamente a él, lo que le hubiera gustado era hacerlo sentar a la mesa y en charla tranquila, sosegada, amorosa, expresarle, enseñándole, mostrándole, con ejemplos, que la vida es corta y que hay que aprovechar el tiempo, fugaz, que se va y no vuelve; diciéndole que se puede estudiar, cultivar su espíritu y divertirse con los amigos sin malgastarlo. Y que observaba en su comportamiento un hecho que, a su modo de ver, le estaba empobreciendo intelectualmente, como era el hecho, cierto, de que solo atendía a una manifestación artística; y dentro de esa misma parcela del arte, la música, a un solo estilo y eso... ¿cómo decirlo?... era como hacerse sectario de esa música; con lo cual cortaba con la inmensa riqueza de la humanidad que no sabe de barreras unilaterales; si, se estaba aislando de las diversas y múltiples facetas de la actividad artística: la poesía, el teatro, la música, la novela... La lectura de los clásicos de la novela, por ejemplo, podría ser una forma de reflexionar sobre la vida haciéndole madurar a uno. Y le añadiría que no se dejara maniatar por la angustia del paro, si es que la tenía, que la tendría aunque a su padre no se la manifestara; y que a pesar de lo negativo del paro, del desempleo, este tiene un punto positivo, y es que el tiempo puede diversificarse: repasando, por ejemplo, las materias de su carrera un tanto olvidadas; haciendo gimnasia; escuchando, no solo una, sino todo tipo de musica; perfeccionando o aprendiendo programas informáticos; manejando numerosas herramientas de trabajo... Ahora, si, ahora que tenía más tiempo libre y la manutención asegurada porque, luego, si su padre desaparecía... Pero, ¿para qué decirle todas esas cosas?... Podría ser que le contestara, no como la burra femenina, a lo mejor... peor.

-No. No vale la pena.

Sin darse cuenta se había ido alejando de la población. Lo supo, de repente, por el esquileo de la ovejas. Alzó la vista del suelo y miró al frente. Aspirando profundamente su rostro se iluminó. Lo que se le ofrecía a la vista nada tenía que ver con lo que dejó atrás: el campo verdecido, tras las lluvias, mostraba su 'alegre otoñada': aquí florecillas lilas, amarillentas y blanquecinas, embellecían el prado; allá, los blancos champiñones asomaban sus redondas cabezas y, de cuando en cuando, los niscalos, inconfundibles, lucían sus sombreros anaranjados; y, lo que él más deseaba, diseminadas por laderas o cerca de arroyos, las verdioscuras zarzamoras, quienes, al sol, hacían brillar sus frutos como diciendo: 'acá estamos, venid a comernos'. Y es lo que hizo.

Ya había otros comensales dándose el desayuno. A algunos los conocías de días pasados, eran emigrantes marroquíes, parados como su hijo. Los saludó: 'Sala maleikun' o 'Ala ila ala' o 'Insalah'; no sabía bien lo que significaban pero coligió que eran frases de cortesía, similares a las que, en castellano, se saludan unos a otros; y con las cuales esos comedores de moras matinales le respondieron: 'Buenos dias' o 'Qué tal' o 'Con Dios' o 'Hasta luego'. Nada más se digeron, pero con eso bastaba.

Esa mañana fue abundante el desayuno de moras. De zarzamora en zarzamora fue pasando el tiempo. Algunos ratos se paraba sentándose en alguna piedra. El sol calentaba sus huesos. Lo agradecía. Se estaba tan bien... ¿Volver a casa?... Claro... Sin ganas... Lo que menos le tentaba era regresar a su morada. No le hacía la menor gracia. Mas, volvió. A remolque. Pero lo hizo.

Abrió la puerta. Otras veces llamaba al timbre. Se encaminó, como siempre. al frigorífico. Cogió la botella. Acordándose de una mujer de su pueblo quien, por las matanzas de los cerdos, después de comer la chanfaina, levantaba la jarra de vino y en voz alta expresaba su aversión al agua con palabras tales como: 'tu, madre de ranas y sapos y lavadora de trapos...' para a continuación pegarle un trago profundo de vino a la jarra; con ese recuerdo, 'El Moro', levantó, igualmente, la botella de vino y, mirándola con devoción, casi con arrobo, exclamó:

-Los latinos decían: ¡In vino veritas!... ¡Oh, tu, botella de vino, introdúceme entre pecho y espalda la esencia alegre del optimismo! Lo necesito.

Luego, como hacía ordinariamente, se dirigió al lavabo para refrescarse la cara. Su hijo se estaba afeitando al tiempo que oía música. La música de siempre. Para variar. Mientras se secaba la cara miró al espejo.

-Las moras me están volviendo, realmente moro.

Su hijo, que lo veía también en el espejo, sonriendo le dice:

-¿Las moras, papá?... Jajaja... Mas bien el morapio.

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domingo, 12 de agosto de 2007

José Mª Amigo Zamorano: ¡Envidia cochina!



Salió a pasear su ociosidad. Mas, antes de seguir su sendero, quería dejar constancia que le hubiera gustado tenderse en prado de fina yerba, al lado de una piscina hecha para él solo.

Ya antes de comenzar la cuesta, la vio en su cama o en su casa o en su nido, que todo viene a ser lo mismo donde uno descansa.

Salió, como digo, a dar una vuelta por el pueblo; a ver, cómo, la vida corría sin necesidad de su concurso; a comprobar, una vez más, que el fluir de la existencia sigue, imparable, sin importarle qué garbanzo o pimiento, u otro semilla cualquiera, entre en la cocedura.

Con esta amarga conciencia, de realismo extremo, caminaba calle arriba oyendo el rodar y rozar de coches sobre el asfalto mojado. Con el calor que hacía, seguro que el dicho asfalto se embriababa de de contento ante el doble despilfarro de agua. Doble, porque, por una parte, el agua venía saltando tapias de jardines privados y, por otra, procedía del desbordamiento de setos, por donde pasaba la tubería de goma, del riego por goteo, ¡qué risa!; agua que venía incrementado su caudal despilfarrador, calle abajo, desde los alcorques de los árboles.

Árboles y plantas, adornaban de manera irregular todo lo largo de la calle. Decimos irregular, si, pues, puestos, como lo fueron, hace años, no habían sido cuidados con el debido esmero y, claro, algunos se habían secado, quedando de planta a planta, claros o calvos demasiado evidentes, lo que hacía de esta irregularidad, para qué negarlo, un verdadero adefesio.

Pero bueno, irregular o no, las fincas, con sus casonas a ambos lados de la carretera, lo agradecían. O, por lo menos, seguro que su precio se había incrementado un poco más. A los dueños les importaría un bledo, unas plantas mas o menos; ya, de por sí, sus jardines estaban de flora a rebosar. Por cierto, bien protegidos por muros de considerable altura. Así impedían que su intimidad fuera violada por miradas impertinentes. De modo que, los setos y árboles callejeros, ni los veían.

Había salido a pasear.

Dicen los higienistas que es muy bueno para la salud…

Y él decía, porque tenía su opinión al respecto, que, igualmente bueno para la salud… ¿igualmente bueno?... ¡no!, ¡mucho más!, era tumbarse en una hamaca bajo el palmeral rumoroso de playas caribeñas; por ejemplo: las de Cuba; o tirado en arena suave y blanquísima de un paraíso tropical cualquiera (para qué discriminar a nadie) con olas de movimiento blandengue, cansado, mecidas por brisas con aromas de jazmines (u otros aromas cualesquiera, buena gana de relegar a unos por otros) y el agua, claro, casi, en calma chicha…

-"Lo cierto es que, bueno, sí... -asentía con la cabeza- reconozco la bondad del pasear, sin necesidad de que higienistas u otros ‘istas’ lo digan; pero siempre en unas determinadas condiciones… Porque, pienso yo -se decía- el solo pasear, sin más ni más, no vale… Porque, vamos a ver, ¿alguno ha tenido en cuenta el efecto malsano que puede tener el cabreo que produce, en el caminante, como yo, la cara insultante de las mansiones citadas, exhibiendo, obscenas, su riqueza?…"

No. No lo han tenido en cuenta.

-"Son científicos de andar por casa, de tres al cuarto, de pacotilla, ¡oh!... me callo porque sino… la lío".
-"Pero… -y se paraba- no, no, yo lo voy a decir… Voy a decir lo que hago frente a esas putas casas: aprieto los puños, arrugo el ceño y sigo adelante, ya de mala leche todo el camino. Y porque no me queda otro remedio... Aunque bien quisiera asaltarlas, nacionalizarlas, municipalizarlas, comunizarlas… Pero sigo el paseo como un gilipollas... Y eso que estoy convencido de que estaría mejor junto a una piscina echado a la bartola. O zambulléndome en el agua sin que nadie pudiera atisbar ni un pelo, de mi poblada piel de mono hecho hombre. ¡Ah, qué gozo, qué placer sería tirarme en la yerba todo lo largo que soy… ser acariciado por el aire y por el suave y húmedo césped…!".

Como esa que veía ahí arriba. Y que la había atisbado nada más emprender el camino calle arriba. En esa especie de rascacielos verde. Enorme. Altísimo. Exhibiendo su veraneo en la cúspide. En la cima. En lo más alto. Y en medio de la finca. De esa mansión...


-"Para envidia de los que vamos a ras de suelo, como gusanos" -pensó.

La miró fijamente: allí estaba con su colorido binario: como una gran dama: de blanco y negro: en actitud lánguida: desmayada: desmadejada: suelta: toda tumbada, como a él le hubiera gustado hallarse, en lugar de pasear respirando el humo, la mierda que despiden, por los tubos de escape... a veces, casi a chorros negros y otras, en suaves humaredas de un gris blanquecino, esos automóviles que pasan continuamente.

Respirando muerte lenta, pero muerte.

Y además, para mas inri, nos contemplan, desde los ventanales de sus palacetes, (porque algunos lo eran), ricachones que, a esas horas, levantan los culos de sus camas o poltronas. O incluso permanecen en ellas riéndose de los que, como él, observan con envidia, con ansia, no sólo porque quisieran poseer la casa, sino poseer y yacer con su matrona y, si fuera posible, en el propio tálamo.

-"Pero no tenemos otra alternativa -se dice para si- que seguir zambulléndonos en el aire viciado, ya que no podemos hacerlo en la propia piscina, por el humo de los coches. Muchos conducidos por hijos, sobrinos o nietos de esos mismos gandules que, sin haber dado un palo al agua, tienen todo el agua que quieren, piscinas enteras… ¡hostias!"

Se paró en mitad de la cuesta. Miró hacia atrás. La volvió a ver. En el abeto alto como un rascacielos. El negro de su vestimenta se disimula un poco con el verde oscuro del rascacielos, pero el blanco, ¡ah el blanco!, cae, alargándose, hacia un lado. Como si quisiera escurrirse. Una demostración palpable…

-"¡Alto ahí!... -exclama para sus adentros- Más que palpable, que más quisiera yo, visible... de cómo se deja acariciar por el viento de la altura. De esa altura donde goza del verano, sin importarle lo más mínimo lo que puedan murmurar, -para murmurar ya lo hace ella-, los mirones: como yo, que la contemplo alelado."

Su equilibrio sobre el abismo da hasta miedo; y envidia y rencor... por no poder estar donde ella se encuentra: en posesión del dominio placentero de los sentidos; así, en plural...

No se puede aguantar más. Siente la irresistible atracción de ella. Coge los prismáticos. Como un viejo verde. Como un voyerista. Es un placer que se puede permitir. Este sí. Un instrumento, además, que le hace volar de nido en nido, de ventana en ventana... Ahora lo ve todo perfectamente. No es lo que pensaba. Ni por asomo.

¡Pobre! La cigüeña está muerta en lo que parece un abeto centenario. Altísimo. Como rascacielos. Su cuello y su pico caen de un lado, nido abajo. Eso es lo que semejaba una postura desmayada, desmadejada, tumbada…

-"Los del chalé, por lo que se ve, se han cansado de oír el machaqueo del ajo de la cigüeña. Y, como está en su finca, la mataron. ¡Malditos! ¡Ricos tendrían que ser para ser buenos! Una república les bajaría..."

jueves, 28 de junio de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Epílogo de las 'Campanas de Jericó'

epílogo

.... y que antes de volar a USA decidió hacer, con sus nuevos amigos, una fiesta de despedida en el Bosque de Yehuda Haleví, vertiendo agua y vino en el olivo que, el sabio hebreo Hain Beinart, plantara... y que fue la fiesta no a la pagana manera, sino a la hebrea... y que, para los judíos, los primeros templos fueron los bosques y su Yahvéh no desdeñó comparecer en las zarzas... y que conocida es la importancia que da la Torá a todo lo que se relaciona con los árboles... y sin que por ello se quiera ofender a Diana, la virginal señora del bosque de Nemi, ni a Sileno, ni a ninguno de los otros, pues en esto de la elección de divinidades tutelares todo el mundo es muy libre de tener sus propios santos... y que simplemente le complació comparecer en este bosque que lleva nombre del admirado autor del Cuzarí, ese libro maravilloso cuya primera traducción al castellano, del siglo XV, se proponía editar, en facsímil, el entrañable Antonio Escudero, muy pronto... y que un poco bebidos, "la ebriedad es un don", se sentaron en torno del olivo... y que León incomprensiblemente en un arrebato sorprendió a sus amigos haciendo un anillo con juncos entrelazados... y que cogiendo el anillo lo introdujo con suma delicadeza en una rama del olivo, plantado por el sabio israelí Hain Beinart, diciendo solemnemente: "Yo, León Saldaviel Anqaua, incrédulo como mi padre, y como el admirado mentor y judío universal Carlos Marx que tuve tantos años, nieto, biznieto y tataranieto de rabinos, te tomo, Sara Saldaviel Alfageme por esposa, y a ti, Sefarad, por madre reencontrada que cobijóme, antaño, en su seno, en este olivo para que sea testigo de mi palabra, según las costumbres de Moisés y de Israel"... y que no entendieron, a decir verdad, sus nuevo amigos, cabalmente, todas y cada una de las palabras pronunciadas pero que se emocionaron visiblemente... y que les resbalaron unos lagrimones por sus mejillas... y que poco después, con los ojos y la cara encendidos, les dijo a sus amigos extendiendo el brazo: "ese toro que por allí aparece, con alas verdes y llevando en su grupa a mi adorada paloma blanca, es el mismo que cabalgó mi antepasado Efraím Anqaua, El Rabino; mirad como mueve impaciente las chitas para que yo vaya"... y que Antonio dijo, con la sorna que a veces sacaba, sonriendo: "eso que ves allí es, efectivamente, un toro, un toro jardo; y que lo que se dice llevar, llevar, amigo León, si que lleva algo, y no son precisamente alas verdes, sino unos hermosos cuernos, unas afiladas astas"... y que, al parecer, exclamó muy enfadado: "parece mentira, amigo Antonio, que no te acuerdes de la promesa que hice, en nombre de Moisés y de Israel, de tomar por esposa a mi prima Sara a la que le introduje un anillo en el dedo; ahora viene a reclamarme el cumplimento de esa promesa; yo no quiero ni puedo negarme; y como dice el amigo Carlos: "acción y pensamiento van unidos "... y que se levantó de súbito sin que pudieran detenerlo... y que dirigiéndose, valeroso, al toro iba diciendo: "me voy a subir a lomos del astado de Sefarad; y abrazaré a mi amada; y marcharé volando por todas las tierras de Sefarad; de manera que, ni cristianos, ni moros, "ni Cristo que lo fundó", me robarán lo que mas quiero como se lo robaron, antaño, a mi pariente Efraím Anqaua, el Rabino que Montaba un Toro Embridado de Culebras"... y que la familia del barrio judío le voceaba: "atiende, amigo León, que ese toro no sabe de judíos, moros, ni cristianos; que lo que parecen alas verdes son las matas de juncos de la ribera donde se ha parado y que sobresalen a ambos lados como si de alas se tratara; y lo que parece lleva a la grupa no es sino el álamo que al fondo se recorta"... y que no les hizo caso a pesar de que el toro se le arrancó corriendo de frente ... y que, menos mal, León hizo un pequeño quiebro y el toro no le dio de lleno... y que los amigos y algunos campesinos de Hervás consiguieron apartar al toro de allí hasta que llegó la ambulancia... y que eso era todo lo que había podido averiguar ya que el paciente solo recuerda fragmentos que expresa sin un razonamiento continuado ni coherente.

--Muchas gracias por su información -- le dijo muy nerviosa, Sara Saldaviel Alfageme, al médico que le había hablado.

Los negros ojos, "dolientes" -- que cautivaran a León Saldaviel Anqaua, hijo de irreverente, y nieto, biznieto y tataranieto de rabinos -- estaban humedecidos por el llanto.

--Señora, no se preocupe: se recuperará; eso si, muy lentamente y con paciencia -- le expresó el doctor interpretando las lágrimas como una muestra de desesperanza.

Sara se aleja por los rincones del olvido en dirección al portón de salida del manicomio. La reclamaba un hombre autoritariamente desde la acera de la calle.

martes, 5 de junio de 2007

Isabel Escudero: Saltando el Mapa



Erase una vez una niña que había nacido en una casa donde había muchos, muchos libros: libros de historia, libros de ciencia, libros de cuentos, libros de cuentas... Y la niña crecía entre los libros, y unas veces los abría y los leía un rato, y otras veces jugaba con ellos a hacer casitas o amontonarlos en pilas, donde se subía y se quedaba muy quieta imitando una estatua.

Los libros que más le gustaban eran los atlas de geografía, de los que desprendía las mapas de los lomos y los extendía por el suelo como formando el mundo consigo mismo. La embelesaban esos relieves de las montañas de sepia y chocolate con nata arriba que se agrietaban en surcos por donde bajaban ríos de cristal. Y tantos y tantos puntitos de los pueblos, todos nombre, tan pequeñitos, aunque se llamaran París, Roma, Estambul o Buenos Aires. Porque nuestra niña vivía en un pueblecito de la llanura de La Serena, allá en aquella esquina de Europa que llamaban España, un poco antes de saltar a esa otra piel reseca de cocodrilo que titulaban África.

Pues bien, las largas siestas, cuando todos se refrescaban en la penumbra de sus cuartos, la niña subía al doblao y agitaba entre sus manos un dado y lo lanzaba sobre los mapas, y allá donde el dado caía, alá se iba volando la criatura sin moverse un palmo del desván. Así, un día se fue a la China, y allí se paseaba a saltitos con una carita de arroz y los ojitos estrechos. Otro día llegó hasta Egipto, y en una falúa de oro navegaba por el Nilo. Y una tarde en el mercado de Tumbuctú, serpientes de oro bailaban en sus tobillos. Y otra vez, en la Siberia, desde un tren largo, muy largo, vio sobre la nieve un pope con una copa sangrando, bajó del tren y siguió el rastro.

Pera ¡hete aquí! que un día que le tocó al dado caer sobre Europa, ¡hete aquí! que vino a rodar sobre España, ¡hete aquí! que en una vueltecita más rodó sobre Extremadura, y en una última pirueta de bailarina giró sobre una esquina ¡zas!, cayó encima, en cima de La Serena, tapando aquel pueblecito donde la niña de verdad estaba. Y, ¡qué pasó entonces? ¿Cómo se las apañaría la muchachita para, según su costumbre, volar hasta el sitio de mentira si al ser el sitio de verdad, el truco ya no valdría?...

Te propongo a ti el final del cuento


Isabel Escudero(*)

Estación de Las Navas del Marqués


(*) Isabel Escudero es profesora de Psicodidáctica. Antes fue profesora de Creatividad. Autora de un ensayo sobre 'El Llanto' y de los libros de poemas 'Coser y cantar' y 'Cifra y aroma'. Escribe sobre cine, pensamiento, lenguaje, crítica social y política en diversas publicaciones.


LEÍDO EN LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 0-1 DEL AÑO 1992 ILUSTRADO CON UN DIBUJO DE ASUN BALZOLA QUE PUBLICÓ LA REVISTA 'KANTIL' AUNQUE NOSOTROS HEMOS PUESTO OTRA ILUSTRACIÓN DE LA MISMA AUTORA RECIENTEMENTE FALLECIDA. ESTE NÚMERO DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' ESTÁ SIN PAGINAR. ABAJO, EN EL LUGAR DE LA PÁGINA, APARECE SIEMPRE UN VERSO, FRASE, O PROVERBIO. EN ESTE CASO DICE:


'SOY TU EN TI LA UNIDAD INCREADA'


Nyunai

Isabel Escudero: El libro de nieve



PARA LOS NIÑOS DE LAS NAVAS QUE ESCRIBEN EN LA NIEVE





Para aquella niña, hija de maestros de escuela, padre y madre, que nació y se crió entre libros, que aprendió a leer casi antes que hablar y a escribir antes que andar, fue todo un hallazgo aquel libro blanco, donde las páginas estaban vacías, invitadoras como una sábana blanca, o un campo de nieve, donde emergían las letras y los dibujos en el momento de leerlos y no antes. Algo así como pasa con la música, que sólo al oirla se fija en la partitura del alma, o como la escritura de los sueños, que se escribe al leerlos.

Y, sin embargo, no era un cuaderno, era un libro liso y blanco, de pastas nacaradas, donde la última página podía ser la primera y al contrario, porque tenía la extraña virtud de ser cilíndrico al girar sobre sus goznes, un lomo flexible y suave como el de un gato de blanca angora.

En este libro vacío había historias y leyendas de países lejanos y estaban escritas cada una en la lengua de su tierra, pero podían ser leídas por los niños de cualquier lengua, como si de tentadores enigmas se tratara. Había historias de guerras antiguas como en los manuales de Historia de nuestras escuelas, pero contadas con pormenores de detalles y vívidos colores que borboteaban sangre y destellos sobre el blanco. Así, los niños escribían la guerra sobre la página blanca, como hacen en realidad cuando entablan peleas los días que nieva. Otra de las notas de estos cuentos y relatos es que no tenían fin, ni al remate todos eran felices, ni por supuesto desgraciados para siempre, sino que se quedaban suspendidos en el aire, en ese punto en que la historia se iba pareciendo y acercando al instante en que empezó, que al mismo tiempo no era ningún empezar, salvo porque recordaba a los cuentos corrientes por eso de 'érase una vez...'. Pero bueno, mejor que explicarlo os presentaré uno de esos cuentecillos que se escribían al leer las páginas del libro de nieve, y que a mí me intrigó especialmente:

SALTANDO EL MAPA
(sigue en el siguiente post)
TOMADO DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' ESTE ESCRITO DE ISABEL ESCUDERO, REVISTA NÚMERO 0-1 DEL AÑO 1992 SIN PAGINAR. EN SU LUGAR APARECE UNA FRASE, POEMA O PROVERBIO, SOBRE TODO AFRICANO. AQUÍ EL VERSO ES DE TAHAR BEN YELUM Y DICE ASÍ:
'NO CREAN EN LA MANO QUE LABORA
EL CAMPO DE LA SOLEDAD'
Tahar Ben Yelum

martes, 22 de mayo de 2007

Javier Mina Astiz: El Príncipe Valiente

El Libro Que No Lo Era


No recuerdo el año. Ni el el mes. Sólo la cama. Una cama a la medida de la fiebre. Tampoco había más termómetro que la mano que, tierna, recogía de la frente la temperatura y con ese mismo gesto la disimula. No puedo acordarme del nombre de la enfermedad. Ni de cuántos días me retuvo prisionero. Sólo sé que de la oscura Thule vino expresamente a rescatarme un héroe mozo que no tardó, gracias a estas y otras gestas, en ganar las espuelas de caballero de la Tabla Redonda. Porque me rescató, lo suficiente, para que pudiera leer sin cansarme. La verdad es que no había demasiado que leer, pero comparado con otros, los tebeos de El Príncipe Valiente tenían mucha letra que, para mayor rareza, no se encerraba en globos: los personajes hablaban a pie de viñeta. Rareza aún mayor era que las acciones se ventilasen tan rápidamente: en una viñeta se suscitaba un desafío y tres más allá ya había vencedor (generalmente Valiant), o bien en la misma página se preparaba, desarrollaba y tenía fin una gran batalla contra los pictos. La cosa era más llamativa cuanto que un héroe de por aquí El Guerrero del Antifaz, contaba los tebeos por peleas y la espada desenvainada en el número uno de la colección no volvía a la funda ni cien números después. El Príncipe Valiente cobraba además lo suyo, y hubo reyezuelo que le toruró hasta casi la muerte -además, los hematomas y quemaduras se veían-, padecía hambre y sed, y se le veía dormir, comer y trabajar con sus propias manos, ya cazando, ya construyendo chozas o barcos. Pero lo más importante es que por él si pasaban los años, y el mozalbete de los primeros cuadernillos daba paso al hombre aún tierno que jura no volver a enamorarse una vez que los malos asesinan a su primer amor, la dulce Ilena. No obstante se casará con la intrépida Aleta, por la que siente, al principio, una extraña mezcla de amor y odio. Aleta se hallaba muy lejos de la heroina que aguarda el regreso del héroe para convertirse en su reposo, antes bien participaba con él en no pocas aventuras, llegando incluso a salvarle el pellejo -como dicen los tebeos.

Lo que postrado en la cama no acertaba a calificar sino como emocionante, se refería al castigo ejemplar del malo mediante la justa esgrima de la Espada Cantarina; se refería, de igual modo, a la exaltación de la amistad y del amor (pocos personajes de plumilla derramaron tantas lágrimas por el amigo o la esposa), al descubrimiento de países y culturas lejanas, algunas de cuyas costumbres El Príncipe Valiente adoptaba. Supongo, ahora, que tendría más de un defecto, pero, la verdad, viéndole galopar por las sabanas y desalojar de la almohada a las crueles y aguerridas pesadillas, por muy pertrechadas que estuviesen, no me quedó más remedio que hacerme, entonces, su amigo. Quizá también su rival, pues ni la maternidad de Aleta -la hacía muy mayor- pudo suprimir la emoción de un enamoramiento incipiente.

*

Javier Mina es escritor. Colaborador habitual de periódicos y revistas. Tiene numerosas obras publicadas. Es director de la revista 'Literatura' y ha recibido el prestigioso Premio de Novela en Castellano del Gobieno Vasco en 1990.



ESTE RECUERDO DE LO QUE A MINA SE LE HA QUEDADO DE LAS LECTURAS DE NIÑO LO HEMOS LEÍDO EN LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 0-1 DEL AÑO 1992. SIN PAGINAR Y CON UNA FRASE, VERSO O PROVERBIO REMATANDO PÁGINA.



'EL QUE QUIERE MIEL SE ENFRENTA CON LAS ABEJAS'

(Proverbio wolof)

lunes, 21 de mayo de 2007

Ovidio Pérez Martín: Made in Spain


Mínimo homenaje a Leonardo de Sciascia y a su novela El Caballero y la Muerte, donde hace mutis con cierta melancolía.
El inspector C. de policía se apoyaba displicentemente en la barandilla de piedra que recorre las arcadas del patio del Castillo de Magalia. Escuchaba, como un ausente, música con los cascos puestos. Sin embargo, su instinto investigador y los conocimientos técnicos aprendidos en una escuela de sordomudos donde sus superiores le habían enviado durante meses, le permitían seguir con todo detalle la conversación en inglés que dos congresistas norteamericanos mantenían, abajo, en la galería, al solecillo de mediodía.

Se celebraba en el castillo un congreso sobre la fusión fría del átomo en su especialidad de ingeniería financiera de proyectos a medio y largo plazo y, en un descanso, la luz, el aire fresco y la hermosa arquitectura renacentista del patio invitaban a conversar de manera distendida. La forma viva de sus gestos indicaba que los americanos hablaban de algún asunto de máximo interés.

De pronnto el inspector C. arrugó imperceptiblemente el entrecejo y, como un espíritu, desapareció en el interior, bajó con prisa inusitada la escalera, le ocultó un pasillo y salió por una puerta, casi disimulada, que daba al patio exterior.

Las testas juntas, los americanos, con buenas maneras y caras angelicales, seguían su conversación. Pero, mirados con alguna atención, la sombra de Mefistófeles se adivinaba tras su tez sonrosada. Sus manos, al gesticular, aparecían con manchas de óxido en la piel.

El inspector C. llegó al zaguan y, por el empedrado, se perdió en la luz de la calle, como una exhalación.
Sonó un timbre y los congresistas volvieron a las farragosas sesiones del aula.

El inspector C. casi corría por la acera. Pero tuvo que desviarse. Dos beatas interceptaban el paso repartiendo estampitas del Santo Escapulario. Al fin encontró una cabina telefónica.


-A sus órdenes.

-(...)

-¡Ah, si, con toda claridad percibí el nombre de Busch.

-(...)

-¿Qué más? Capté palabras sueltas: conspiración, lamentaciones, cadáveres...

-(...)

-Si, si. Lechuza, lechuza del convento. ¡Ah!, ¿ese el nombre de la operación? ¿Fechas? No capte bien el día, pero repitieron los meses de julio y agosto. ¿Coincide? ¿Que no les quite el ojo de encima? Asus órdenes.

Rápidamente volvió al castillo. Las acacias de la plaza resplandecían como esmeraldas y el intenso olor de sus flores quebró las respiración del inspector, que estornudó por dos veces.

Entró en la sala del congreso sin apenas ser notado y encontró, con enorme sorpresa suya, los asientos de los yanquis vacíos. Echó una mirada por el recinto y nada. Se habían esfumado. Precipitadamente, pero invisible como un arcangel, desapareció. Una remota esperanza de encontrarlos lució en la mente del inspector y no le dejó ver la elegante línea de gansos que surcaba el cielo, azul como bruñido acero.

Llegó al Bar 'X' y respiró con alivio. Allí estaban y, por cierto, hablaban muy bien el castellano. A través de la leve bruma que reinaba en el bar los pudo distinguir en amigable plática con hombres del pueblo. Su oído, fino y sensible como la lengüeta de un clarín, podía distinguir la conversación entre las voces acumuladas.

Un paisano de Las Navas terminaba así su conversación:


-... y ésta es la leyenda de las almas en pena, que resultaron ser lechuzas en sus nidos del convento.

-Desde luego, España es diferente -decía el yanqui John-. ¡Qué divertida huelga de autobuses en Madrid! ¡Qué voces! ¡Muy cómico! Los españoles son muy bulliciosos. A nosotros también nos gusta la bulla. Pero en New York y en Los Ángeles no hay hombres. Allí estamos suplantados por máquinas. ' El ruido lo hacen los coches.

-La Expo 92 -seguía Tohn divertido- no es una castañuela. Es una castaña. Y las ruinas del Pabellón de los Descubrimientos son tan gloriosas como las de Numancia. ¡Qué bien lo han apuntalado! Han elevado la chapuza a arte. Cuando en el AVE nos dirigíamos a Sevilla nos parecía estar en la guerra civil, tanto soldado entre los olivos nos preocupaba.

-Yo creo -ironizaba John- que Naranjito, ni Cobi, ni Curro, es la expresión de España.

-Solo aquí puede oirse sin consecuencias que un ministro equipara a un insumiso con terroristas que matan niños. ¡Será troglodita!

-Y si las cosas acaban como la nao Victoria nadie naufraga. ¡Es la nao!

-Porque lo de Ibercorp tiene bemoles. Una mierda recubre la anterior.

-La anterior era RENFE, ¿no?

-¡Qué satisfacción en la ciudad de Ávila, porque en la muralla han brotado almenas. Nada más propio del '92'.

-Ahora bien -siguió Tohn-, nada tan divertido como la leyenda del convento de san Pablo. Cuando se lo contemos a Bush se olvidará de la conspiración. Las lamentaciones de los gonizantes deben parecerse mucho a los suspiros de las lechuzas. Debieron ser unos meses de julio y agosto muy divertidos los de aquel verano de Las Navas.

Al oir esto último al inspector C. se le cayeron als gafas.


-De modo que éstos no son conspiradores -se dijo-, ni tienen sombras mefistofélicas. No son más que unos vividores, sabios por añadidura, que aburridos del congreso y del átomo, tiene tiempo de charlar con la gente y catar los vinos de la tierra.

Recogió las gafas, salió del bar y corrió al teléfono.


-Jefe, me equivoqué. No sé cómo se han esfumado los conspiradores. Estos no0 son los que seguí hasta la EXPO. Me los han cambiado. ¡Cómo lo siento! ¡Y qué terrible que Bush siga amenazado sin que yo pueda hacer nada para salvarle...

Terminó el parlamento jadeante. Se le cayó el auricular y él, anonadado por su irresponsabilidad, se derrumbó en la pequeña cabina del teléfono, como un uniforme militar que se cae de la silla.

Dos gorriones, indiferentes ante el inspector caído, se entretenían en amorosos juegos propios de la primavera.

En ese momento, los teletipos de todo el mundo daban la noticia: 'Bush ha sido asesinado'.

*

Ovidio Pérez Martín, es profesor de EGB. Autor, entre otros, del libro de poemas, 'Soporte del viento', que le acaba de publicar la Institución Gran Duque de Alba.

LEIDO EN LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 0-1 DEL AÑO 1992.
REVISTA SIN PAGINAR QUE ACABA CADA PÁGINA CON VERSO, FRASE O PROVERBIO. EN LAS DOS PÁGINAS QUE OCUPA ESTE RELATO VIENEN DOS VERSOS DE 'UTAMSI':

'ME DESOLA EL CIELO TAN TRANQUILO'
y
'LOS VIENTOS DESPLUMARON LOS LOROS'

lunes, 14 de mayo de 2007

Belén Jiménez: Los colores del tiempo

Hubo un tiempo en que los recuerdos era amarillos y tenían letras negras. Y unas manos de niña los atrapaban para ponérselos en la caebza, enredados como caracoles de pelo negro.
Ella paseaba con sus recuerdos revueltos todos entre las sienes y le salían por los ojos pequeños poemillas tiernos y extensos romances viejos, que danzaban a su alrededor como enanos que formaran un círculo mágico.
La niña avanzaba siempre rodeada de su círculo encantado, a veces envuelta en sus recuerdos amarillos y negros, como si viajara en ala de mariposa. Así avanzaba; rodeada de sueños de papel que le conferían un aire ausente.
Con ese abrigo se protegía del frío en la pequeña ciudad, y se alumbraba en sus noches de invierno.
Perdida en el tiempo he encontrado una cocina grande y blanca, con un amplio ventanal por el que se adentraban juguetonas las lilas en primavera, y en el centro una gran mesa redonda, en torno a la que todo sucedía. Una niña sentada, hojeando una 'Antología Poética' que aún hoy recuerda. Era del año 1940, uno de los pocos recuerdos que mi madre guardaba de su niñez.
Todavía no sabía leer y buscaba sin cesar en la pequeña 'Antología' de pastas de cartón palo de rosa, todos los secretos contenidos en aquellas rayitas negras escritas sobre tosco papel amarillo.
Era en aquel tiempo cuando su madre le leía poemas y ella repetía ansiosa: 'Léeme otra vez la del piyayo, la del viático, la del anillo de la reina...'. Y la niña ya sabía del estado de ánimo que generan las poesías, ya pedía una y otra vez según lo que esp0erara de aquel atardecer o aquella mañana. La del 'piyayo' era triste, la del 'niño moreno' también, pero las de las flores y la 'labranza' eran alegres y presagiaban siempre el buen tiempo.
Después aprendió a leer, y ella misma buscaba sus poemas negros y amarillos... en la misma mesa redonda, hacia la misma ventana cuadrada.
Era entonces, cuando al llegar los tiempos ya fríos del otoño, sentados su padre y ella alrededor de la mesa, forraban los libros del nuevo curso con aquel papel casi mágico, también amarillento, estampado con maravillosos romances y leyendas que volvían a llevar a la niña al mundo de lo ausente. 'En este libro pondremos delante el de la Loba Parda y por detrás la Canción de la Fuente'.
Era el papel que utilizaban en la 'Librería Medrano' para envolver los libros: unos enormes pliegos de papel con racimos de flores y hojas enmarcando los poemas, y con dibujos de lobos, pastores y serranas metidos en recuadros. Así cada libro se convertía en un poema... También negro y amarillo.
Ahora de todo aquello quedan el olor a carbón de la cocina grande, el olor a cisco del brasero encendido y el color de las lecturas que, enredadas a los dedos, trepaban hasta meterse por los oídos y luego salían por los ojos de la pequeña niña de caracoles negros.
Y queda aún una ventana de adulta donde la niña escribe: 'Hubo un tiempo en que los recuerdos eran amarillos y tenían letras negras.'

Belén Jiménez

(No hemos podido averiguar quién esta Belén Jiménez. Parece ser de Ávila pues habla de la Librería Medrano y en Ávila hay una librería que se llama Medrano)

TOMADO DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' NÚMERO 0-1 DEL AÑO 1992 SIN PAGINAR AL PIE DE LA PÁGINA HAY UN PROVERBIO AKAN QUE DICE:

'CIERTAS CUCHILLAS CORTAN OTRAS CUCHILLAS'

viernes, 11 de mayo de 2007

M. Rafael Sánchez: del hombre que no tiene un cuento...

DEL HOMBRE QUE NO TIENE UN CUENTO EN SU BOLSILLO Y SI ALGUN SUEÑO


A veces se carece de lo más fundamental, como puede ser un paraguas -multicolor su tapiz de papel y de árbol su tallo agarrado a las manos-, para los días pálidos con lágrimas en los ojos del cielo. Quizás se carezca también de paisaje donde definirse, espacio único, de personajes creados que, en volandas, te llevarán algún día fuera de esa estupidez cotidiana, que es norma para todos y peso obligado para los cada vez menos sorprendidos y vivos ojos. Y así sucede, que queda el olvido y la costumbre para definir eso que llamamos vida.
¡Cuando detener todos los tiempos! El presente, turbulento devorador de nuestra imagen, se nos escapa sin sorpresas ni descubrimientos que no sean encubrimientos. ¿Quién sabe del futuro y vive en él porque todos los tiempos sean uno? Quizás sientas los años del pasado como perdidos entre tanta realidad sustitutoria, tanta mentira amañada o tanto olvido sacralizado por el televisor.
Yo no tengo un cuento donde recuperar esa pequeñita memoria infantil, frágil e irrepetible querencia. No tengo ese cuento donde se reflejarán los primeros pasos que sobre la arena y el agua dieron un veintinueve descalzo, que, poco a poco, se alejaba de la playa vigilada. No tengo ese cuento que pueda ser mi cuento o cualquier cuento. Cuento para llevarme a la boca como se lleva el mar de las palabras y que la isla del tesoro me llevará antes de perderme en un bosque de elfos y ondinas.
Pero yo, a falta de un cuento en al mano, tuve la crin de un caballo con pintas grises en el lomo, que galopaba por una pradera no conocida para ese mi pequeño mundo de entonces. Ese era mi refugio seguro, el lugar sagrado que mi salvaje amigo convertía en otro mundo. Todo cuento o sueño se convierte para un niño en una realidad, y mi realidad más amada era ese caballo, primer amigo fiel y al que olvidé con los años. Hoy, entre estas líneas, presiento cómo vuelve a galopar, diciéndome:

-'No te detengas, el límite lo pones tú, ayer es hoy y es mañana, y es necesario bucear en las imágenes, las voces, los olores, el color, la lentitud, los cuentos de tus primeras edades. No olvides que yo te lancé al espacio, que a tu reloj le puse el ritmo y que cuando yo desaparezca se marchará sin ruido el viento que barre el polvo que oculta tu rostro, el único.


(Cuando terminó de hablar mi caballo, sentí como de un salto subió desde estas líneas hasta mis ojos. Los cerré para galopar de nuevo juntos por nuestras praderas)

M. Rafael Sánchez es maestro

TOMADO DE CAMINAR CONOCIENDO, NÚMERO 0-1 SIN PAGINACIÓN. DEBAJO DE ESTE ESCRITO HAY DOS ANUNCIOS: UNO DEL 'GRUPO ANAYA' Y OTRO DE 'HERMANOS SASTRE' Y MÁS ABAJO CERRANDO LA PÁGINA LA SIGUIENTE FRASE:

'Desbordará la lluvia los cuencos de la aurora' - Albandoz.